El somniferum de la realidad
El destino tiene paradojas ambiguas. Contradictorias. Contra las cuales a veces no se puede escapar. Sucesos que parecen estar ligados a un fin pero que en el camino se van trasformando hasta convertirse en la antitesis de lo que en un principio parecía ser su propósito. Y eso es justo lo que sucede en esta historia. Un “ritual” del cual si se practica una vez, la posibilidad de escapar de él es casi mínima. Lo que en sus inicios era un analgésico experimental el tiempo se encargó de transformarlo en el estupefaciente más letal que existe en la actualidad. Su génesis, la Papaver Somniferum o “adormidera”. Un tipo de amapola que crece en el suroeste asiático y de la que se obtiene el opio al extraer sus cabezas verdes. Opio. Droga analgésica narcótica que por siglos ha estado envuelta bajo el sutil manto del misterio. De su interior se extrae la morfina. Con ella, el producto final está a la vuelta de la esquina. Lista para ser el privilegio de algunos y el tormento de otros, la codiciada heroína hace su aparición. Melosa como ninguna. Adictiva hasta el punto de quedar enganchado con la primera probada. Repetir y repetir es la única consigna. El control parece haber quedado en el olvido. La perdición está cerca. Solo queda una opción. Pedir ayuda. “Alucinaciones”, junkies, dependencia, papel plateado, trafico ilegal, chippers, jeringas. Palabras que divagan en medio de un mundo desconocido pero que dan como resultado una combinación que tiene como premisa el placer de poder alcanzar un vaivén de emociones que permita escapar de todo lo que uno puede percibir a su alrededor. En una alcoba o en un antro de mala muerte, el dolor se pierde en medio de la suave seducción que envuelve al cuerpo. Llegar a las nubes ya no es más una utopía, es una realidad. Ficticia, pero que para ellos es el éxtasis total. Sin embargo, todo sueño tiene su final. Cuando la Bayer, a finales del siglo XIX, registró la marca comercial “heroína” como la cura para neutralizar diversas enfermedades pulmonares nunca imaginó lo que el futuro le depararía a este opiáceo. Corría el año de 1883 y aún seguía siendo una pequeña fábrica de tintes en una provincia alemana. Sin embargo, la suerte de la empresa estaba a punto de cambiar. Un empleado suyo, el químico alemán Heinrich Dreser, logró la acetilización del clorhidrato de morfina cuyo resultado final fue la obtención de diacetilmorfina. Nombre científico de lo que hoy se conoce como heroína. Su hallazgo posibilitó que se produjeran los primeros experimentos orientados a determinar un tratamiento efectivo contra la tos y la tuberculosis. Unos años después, junto con la aspirina, el producto estrella de la compañía, fueron anunciados como la mejor combinación analgésica para hacerle frente a varias dolencias respiratorias. Por casi tres décadas, gracias a la espectacular difusión y venta de ambos productos la empresa evolucionó hasta convertirse en una poderosa organización con altísimos índices de exportación. Actualmente, es un grupo multiempresarial cuyo centro de operaciones se encuentra en la ciudad de Leverkusen. De tres a cinco minutos es lo que demora la heroína en preparar el camino para empezar a hacer su trabajo. Labor que se mantiene en el organismo de tres a cuatro horas. Tiempo más que suficiente para llegar a alcanzar el “rush”, entendida también como la estimulación placentera e inmediata de los centros nerviosos de la parte superior del cerebro. Sin embargo, todo placer tiene un sacrificio. Y en el mundo de las drogas son varios los que se tienen que hacer. Las primeras dosis de heroína el cuerpo las recibe con un malestar general, que se manifiesta con náuseas y vómitos. El efecto depende de la dosis. La autosuficiencia invade su interior. Poco a poco la droga se va introduciendo en la mente. Semisueños que se suceden uno tras otro. Los músculos no responden. Están entumecidos. Con dosis moderadas, la calma y la lucidez pueden vencer al letargo. Pero solo por algunas horas. El contacto con otros es posible mientras que la introspección permite liquidar de un solo tiro las preocupaciones y los temores. Si la intensidad de consumo avanza, las sensaciones experimentadas a nivel físico también. Contracción pupilar, insensibilidad al dolor, disminución de la presión arterial, del ritmo cardiaco y del deseo sexual, e incoordinación muscular. Reunidos, están a un paso de provocar que la esperanza se pierda en un mar de “alucinaciones”. Pero si a algunos no les gusta, otros caen rendidos ante sus encantos. La realidad se vuelve una utopía. Inmersos en el exceso, el control parece haberse extraviado. Toda exageración genera un desbalance. Y este tiene sus consecuencias. Las administraciones continuas hacen posible que esto suceda. Numerosos trastornos pueden hacer su aparición. Infecciones cutáneas, obstrucción intestinal, hepatitis, así como el contagio del virus del SIDA y del tétanos, son las formas más frecuentes que puede ocasionar el uso de esta droga si no se tiene el debido cuidado. Tolerancia, palabra nefasta para los consumidores. Tan solo oírla e imaginar lo que sucedería al pasar por un período como ese provoca reacciones de sufrimiento al recordar los lapsos que la droga no estuvo presente como principal fuente de alivio y placer. La dependencia psíquica y fisiológica es alta y tiende a desarrollarse con cierta rapidez. Tan solo se necesita un cuarto de gramo diario por cinco semanas para ser un potencial dependiente de este derivado químico de la morfina. Por eso, la droga se impone por defecto. Empieza como curiosidad pero la posibilidad de poder dejar atrás los problemas hace que muchos se vuelvan adictos. Por este motivo la ansiedad no se puede controlar al no llegar a satisfacer su necesidad. Aislados de la realidad e inmóviles ante lo que resulta el peor de los castigos. El silencio se apodera de ellos. Es inútil quejarse o moverse. En este mundo nadie puede ayudar al otro. No existe una clave secreta para poder resistir la tentación de la próxima dosis. Con dos pinchazos al día durante tres meses, el hábito esta a la vuelta de la esquina. Poco a poco va evolucionando y se transforma en un culto solemne. Su visión es distinta a la del resto. La heroína no es un estimulante como el alcohol o la yerba. No es un medio para incrementar el disfrute de la vida. Es un modo de vivir. Un estilo de vida definido. Pero si de estilos se habla, hay uno que apareció y que se distinguió de todo lo conocido hasta ese momento. La cara opuesta de la moneda. Los chippers. Consumidores no adictos que usan drogas adictivas de una manera controlada. Bien informados y preocupados por su salud dejaron de lado diversas practicas comunes en este mundo, revolucionando los conceptos que se tenían sobre el consumo de heroína. El pasado quedó en el olvido y con él todo lo que se conocía hasta ese momento. Evitar el modo de vida violento que conlleva este camino es el primer paso para distinguirse del resto. La nutrición es otra de sus preocupaciones. Se cuidan de los adulterantes y diluyentes que inundan este mundo. El intercambio de agujas quedó en el olvido. La escena clásica de la jeringa sucia desapareció. Inyectarse ya es no es la única opción. Aspirarla como si fuera cocaína es una nueva modalidad. Aún cuando sea un estilo conocido. La heroína colombiana de alta pureza es un ejemplo claro de esto. Solo si consiguen “heroína limpia” de una fuente confiable la utilizan. Tarea difícil. Pero no imposible. Gracias a esto los chippers evaden la adicción. Para no ceder ante la tentación de la droga limitan su uso de forma estricta. Una sola vez por semana. Librarse del yugo que los domina resulta casi imposible. Muchos lo han intentado. Pocos lo han logrado. La adicción puede durar décadas, al igual que el ritmo de vida “normal”. Tan solo se necesita de algo. Una dosis o “fix”. Con ella cualquier cosa es posible, mientras el cuerpo se ve atrapado en una red invisible que poco a poco va guiándolo hasta la destrucción. Las consecuencias de la adicción son las mismas. La dependencia física y fisiológica hacen que resulte extremadamente difícil salir airoso de esta batalla que resulta la rehabilitación. Muchos han entrado al laberinto y han dejado en el pasado su educación, sus metas, su futuro. Todo lo han perdido por una dosis más. Pocos han podido librarse de este calvario llamado adicción. Luchar por encontrar la salida es la clave. Lo malo es que ya no se reconoce cual es la entrada y cual es la salida. Los limites desaparecen en medio de la próxima “fix”.
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