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LA ALTA INVESTIDURA Y LOS BUENOS MODALES

¿Cómo mostrarle tu descontento a alguien que te está ayudando en momentos difíciles, pero sin faltarle el respeto? Es la interrogante que me tocó enfrentar ayer cuando estuve en una clínica particular. Una serie de hechos se sucedieron que me colocaron en esta situación. La historia comenzó a fines de la semana pasada cuando mi novia y yo recibimos la invitación de uno de nuestros mejores amigos. Dicha invitación era para acompañarlo en su casa ya que estaba de cumpleaños. Nos agradó la idea, sin embargo, mi novia no se había sentido bien desde días atrás. Un fuerte dolor de garganta la había obligado a seguir un tratamiento a base de antibióticos bastante fuertes. En este contexto, no se quiso perder el cumpleaños de nuestro amigo y arriesgó. Fuimos al mencionado cumpleaños y como en toda reunión hay música y uno se ve obligado a elevar el tono de voz para poder ser escuchado. Mi novia no fue la excepción y eso hizo que su dolor de garganta recrudeciera. A su vez, hubo invitados que no pararon de fumar en toda la noche y el humo del cigarrillo, unido a una estancia más o menos reducida, hizo que la garganta de mi novia terminara de colapsar nuevamente. El resultado fue el domingo en cama y quien escribe de enfermero. Se tuvo que seguir con los antibióticos pero no fue el único problema de una semana muy difícil que se avecinaba y que aún no termina dicho sea de paso.

Dicho y hecho, el domingo por la noche, con preocupación me despedí de mi novia y regresé a mi propia casa. Al llegar me topo con la sorpresa de encontrar el patio de mi casa un tanto inundado con charcos. No había llovido y pensé en una fuga de agua. Efectivamente de eso se trataba pero con un pequeño agravante, la fuga correspondía a la tubería del desagüe. Domingo en la noche, de hecho ningún plomero iba a acudir a la emergencia así que simplemente tiré un poco de aserrín sobre la zona y lo dejé así hasta el día siguiente. A primera hora del lunes, antes de ir a trabajar, llamé al plomero y dejé a mi empleada doméstica al frente del problema. Salí con retraso y por poco y llego tarde a trabajar. Para colmo, me topo con que me habían asignado nuevas labores, la cuales me tomaría más tiempo del debido asimilar. Las horas me quedaban cortas y con tanto trajín, no llamé a mi novia a ver cómo seguía. Recién al mediodía pude comunicarme con ella. No había ido a trabajar porque le dolía mucho el estómago. La mala racha seguía. En fin. Ya en la noche llegué a mi casa y comprobé que el plomero había empezado a trabajar más tarde de lo debido y aún no había terminado la obra. Lo que es peor, dejó dicho que no se usara el servicio de agua y mucho menos el de desagüe. Claro, ahora yo debía ingeniármelas para ducharme y hacer mis necesidades en el aire. Hubiese sido una falta de consideración y de respeto descargar mi furia con la empelada así que conté hasta diez y volví a la calle para buscar un lugar público donde ocupar el sanitario.

Pensé entonces que debería ir a dormir a casa de mi novia, ahí podría ducharme e ir a trabajar de frente al día siguiente, de paso la asistía. Quise darle la sorpresa y no la llamé antes. Cuando llegué hasta su casa vi que no estaba. Sucedió que su hermana la había llevado hacía unos minutos a la emergencia de una clínica pues los cólicos siguieron durante el día y para la noche el dolor se volvió intolerable. De esto me enteré al llamar al móvil de mi novia. Su hermana contestó y me indicó en qué clínica estaban. De inmediato y como un loco salí rumbo al centro médico. Entre como una tromba por el servicio de emergencias y pregunté por mi novia. Me dieron la referencia y la ubiqué. Ya el médico había dado su diagnóstico y al parecer tenía una enterocolitis aguda o un caso de diverticulitis aguda. En ambos casos había que observar durante 48 horas y se pensó en cirugía. Pero un hecho ocurrió en el pabellón de emergencias de la clínica. Sucede que dicha clínica es de propietarios de una congregación religiosa y una monja se paseaba por el pabellón de emergencias echando a los parientes de los enfermos. En verdad decía que sólo un familiar por paciente podía quedarse pero las formas que utilizaba dejaban mucho que desear. A mí, prácticamente me arreó como si de una bestia salvaje se tratara. Dando palmadas y batiendo las manos como cuando se dirige a un rebaño o incluso a una piara. La maniobra resultaba por demás aparatosa pues la monja traía un hábito blanco y el crucifijo colgando pero su educación y principios quedaban en el otro extremo. En verdad le correspondía un uniforme de gendarme o de vigilante privado. En fin, no iba a bajar a su nivel y me di media vuelta y salí solicitando calma. Que diferencia con otra de sus correligionarias que se mostró muy solícita al atendernos. Bien dicen que de todo hay en la viña del Señor.

Pasada unas dos horas, le asignaron una habitación a mi novia y me ofrecí a quedarme a cuidarla. Pernoctaría en la clínica, dormiría en el sofá contiguo a su cama y al día siguiente me daría una ducha y me iría a trabajar mientras su hermana tomaba mi turno para velar por ella. El Destino tenía otros planes y al día siguiente, con el cuello adolorido y habiendo descansado muy mal, me quise dar un duchazo, me quedé en sandalias, abrí la llave del agua fría y vi que no descendía un chorro de agua muy enérgico que digamos, así que opté por la llave de agua caliente. Fue la otra cara de la moneda. El chorro parecía un aluvión pero el agua calentaba demasiado. Total que no pude completar mi duchazo y tuve que alquilar el cuarto de un hotel para poder ducharme y salir volando para el trabajo. Afortunadamente mi novia está recuperándose y no hará falta la cirugía. Que bueno, porque no hubiese querido toparme con esa monjita de nuevo.

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