LOS HOMBRES DE BLANCO
Todos tenemos recuerdos fijos ambientados en la etapa de la niñez. Indudablemente que uno de los principales escenarios de esta época es la escuela, allí se suscitaron probablemente nuestros más bonitos recuerdos y por qué no los peores también. Sin embargo, esto no quita que todos en algún momento hayamos deseado fervientemente regresar en el tiempo y vivir nuevamente estos bonitos años en que nuestra única preocupación era la educación y los juegos. No andábamos abrumados por la rutina del trabajo ni por la presión que arrastramos los que somos padres y tenemos que pagar las interminables cuentas de colegio, casa y salud. Dije salud, eso me recordó una anécdota suscitada justamente a temprana edad, cuando estaba apenas en los primeros años de mi educación primaria en la escuela. Si un niño está relacionado con la palabra salud indudablemente no es un grato recuerdo. Casi nadie recuerda haber estado en una clínica u hospital y haberla pasado bien. Esos recuerdos corresponderían más bien a la etapa de la adolescencia en que algunos tuvimos la suerte de ser hospitalizados y atendidos por una hermosa y voluptuosa enfermera a la cual llamábamos a cada rato para que nos acomode la almohada y así poder oler su exquisita fragancia. Pero esa historia la contaré en otra ocasión, este post lo quiero dedicar a uno de los episodios más traumáticos que me tocó vivir y, lo que es peor, con la total complicidad y consentimiento de mis padres.
En efecto, para este propósito fui timado de la manera más vil por mis propios progenitores. Fui sacado de mi habitación con engaños y trasladado hasta la clínica del terror como le llamé en esos años y aún ahora cuando paso por esa maldita vereda, el cuerpo se me escarapela. Era una mañana como cualquier otra, recuerdo que hacía un poco de frío y estaba en plenas vacaciones del colegio. El año anterior había sido bueno y me esperaba el segundo año de primaria pero recién en unas cuantas semanas más. Claro que en ese tiempo yo no era muy consciente de estos cronogramas, pero lo digo para situar en contexto al lector. Como todo niño, tenía mi pediatra que se había convertido casi en un integrante más de la familia, iba periódicamente a examinarme y además lo llamaban hasta de madrugada cuando me sentía mal y mi familia no sabía cómo actuar. Pues allí estaba el doctor Vega, siempre solícito a la hora que fuese con esa linternita estilo minero que usan los doctores para examinar las amígdalas. Hago acopio de estas imágenes porque hasta entonces, todos mis encuentros con los representantes de la salud habían sido bastante amistosos y no tenía razón alguna para temer a los hombres de blanco. A decir verdad, incluso una que otra inyección me había sido colocada sin mayores contratiempos que una pequeña charla previa o una distracción no hayan podido resolver. Pero llegó un día en que la línea se quebró.
Como dije, aquella mañana, mis padres me dijeron que nos íbamos de compras. Eso significaba ir a pasear por las tiendas, ver un poco de ropa –que no me entusiasmaba mucho-, ir a la juguetería y terminar almorzando en algún restaurante del camino. En efecto, así fue, pero después de pasar por la clínica. Yo era medio distraído y no sabía para qué parábamos primero en la clínica, supe que de un centro de salud se trataba pues había algo de movimiento de enfermeras, camilleros y doctores. De pronto me vi en una sala casi vacía, siempre con mis padres al costado. Pero aquella estancia no me dio buena espina, vi muchos tubitos de vidrio, algunas ligas y mucha iluminación. De pronto hizo su ingreso un doctor portando un pequeño maletín, se sentó a nuestro lado e indicó que me arremangaran ambas mangas de la chompa que traía puesta. Luego procedió a colocar una gruesa liga alrededor de mi antebrazo, justo arriba de la comisura del codo. En seguida introdujo una jeringa en mi antebrazo, pasó un minuto y me aplicó otra y luego otra y otra. Después del primer pinchazo, no sentí mucho dolor pero después del segundo y tercero ya no podía decir lo mismo y luego perdí la cuenta, lo tomé como una agresión y empecé a llorar amargamente y a todo volumen. Lo que más me desconcertaba era que mis padres no hacían nada por salvarme de aquel lunático. Habrán sido un total de quince pinchazos en cada antebrazo, no sé ni cómo transcurrió el resto de aquel día y de los sucesivos. Años después me enteré que fue un procedimiento para determinar a qué sustancias era alérgico. ¡Salvajes!